El hogar debería ser seguro.
Aprende a reconocer las señales de alerta del maltrato doméstico antes de que un niño/a desaparezca.
El hogar debería ser un espacio seguro. Cuando no lo es, algunos niños/as no ven otra opción que huir. Reconocer las señales del maltrato doméstico puede ayudar a prevenir la desaparición de un niño/a.
El maltrato doméstico es una de las principales razones por las que los niños/as se fugan y desaparecen en Europa. Los/as menores de edad que experimentan violencia, maltrato, negligencia o control coercitivo en casa pueden no ser capaces de hablar por sí mismos/as. Pero las personas adultas de su día a día, como profesores, entrenadores, vecinos, trabajadores sociales o miembros de la familia, a menudo están en la mejor posición para percibir que algo va mal. Esta campaña ofrece a los adultos/as de su entorno un método de tres pasos para ayudar a protegerlos: Reconocer las señales, Acercarse y Denunciar la situación.
Si eres parte de la vida diaria de un niño/a, tres pasos pueden ayudarte a protegerlos: Reconocer las señales, Acercarse y Denunciar la situación.
Aprende a identificar las señales de conducta que pueden sugerir que un niño/a está conviviendo con violencia o maltrato doméstico.
Habla con el niño/a de forma segura y sin juzgar. Hazle saber que no está solo/a y que tiene ayuda disponible.
Comparte tu preocupación con alguien que pueda ayudar, ya sea dentro de tu organización o a través de los servicios oportunos de tu país.
Esta campaña identifica cinco puntos de reconocimiento, señales en el comportamiento de un/una menor de edad que pueden indicar que vive en una situación doméstica insegura. Estos puntos se basan en estudios científicos y en directrices nacionales, y han sido revisados por psicólogos y especialistas de toda Europa. Una sola señal puede tener muchas causas y debe considerarse siempre en el contexto de la edad, la personalidad y el entorno del/de la menor de edad. Sin embargo, cuando varias señales se presentan conjuntamente en el mismo/a menor de edad, ese patrón requiere atención.
Un niño/a que antes era extrovertido puede volverse callado y retraído. Un niño/a habitualmente tranquilo puede mostrarse irritable o alterarse con facilidad. Otras señales incluyen problemas de sueño, pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba, fatiga o distracción en la escuela, quejas frecuentes de dolores de cabeza y de estómago, o cambios notables en la alimentación. En los más pequeños, esto puede manifestarse como un regreso a conductas previas, como mojar la cama o chuparse el dedo. No es necesariamente un cambio aislado lo que indica preocupación, sino la aparición conjunta de varios de ellos, o la sensación de que hay algo distinto en el niño/a, lo que hace que el patrón deba considerarse con atención.
Las lesiones físicas suelen ser el indicador de daño más visible. Entre las señales pueden incluirse moratones o marcas en zonas poco habituales (como las orejas, el cuello o la cara interna de los muslos), lesiones en distintas fases de curación, sobresaltarse o encogerse al ser tocado o llevar ropa que oculta el cuerpo incluso en climas cálidos. Al ser preguntado por una lesión, el/la menor de edad puede mostrarse inusualmente inquieto, buscar la mirada de un adulto antes de responder o dar explicaciones que no corresponden del todo con la lesión. Aunque una lesión aislada no confirma el maltrato, la presencia repetida de lesiones inexplicables o inconsistentes a lo largo del tiempo constituye una señal de alerta que no debe pasarse por alto.
Un niño/a que vive en un entorno violento puede mostrarse siempre en estado de alerta. Puede sobresaltarse con facilidad ante voces elevadas o movimientos bruscos, parecer incapaz de relajarse o vigilar de cerca a los adultos que le rodean. En el aula o en actividades deportivas, puede centrarse más en leer el estado de ánimo de los demás que en la actividad en sí. Entre los indicadores físicos se encuentran tensión corporal visible, puños o mandíbula apretados o respiración acelerada. Esto va más allá de la ansiedad general: es un estado continuo de vigilancia, provocado por la expectativa de que algo malo pueda ocurrir en cualquier momento.
Un/una menor de edad puede volverse visiblemente tenso o angustiado cuando llega la hora de volver a casa, o intentar retrasar la salida con excusas reiteradas. Puede parecer ansioso al final de la jornada escolar, buscar permanecer cerca de un profesor u otro adulto de confianza, o evitar quedarse solo cuando van a recogerle. Lo que diferencia esto de un cambio general de conducta es que el miedo está claramente vinculado a un lugar, un momento o una persona concreta.
Un niño/a puede volverse callado, reservado o incómodo cuando se aborda el tema del hogar o de la vida familiar. Puede evitar responder preguntas, cambiar rápidamente de tema, dar respuestas imprecisas o parecer preocupado por decir algo incorrecto. Algunos/as menores de edad evitan el contacto visual o se bloquean emocionalmente ante cuestiones personales. Otros pueden reaccionar de formas menos esperadas, como reír nerviosamente o insistir en que todo en casa está bien, cuando puede no estarlo. Cuando esta reticencia aparece de forma repentina o acompañada de otras señales, puede indicar que el niño/a no se siente lo suficientemente seguro para expresarse abiertamente.
Una sola señal no confirma necesariamente que un niño/a está sufriendo violencia, pero cuando varias señales se juntan, o cuando algo acerca de un niño/a te preocupa, confía en ese instinto. Pedir ayuda puede ayudar a proteger a un/una menor de edad antes de que la situación se agrave, y antes de que huir le parezca su única salida.
Los niños/as que viven situaciones de violencia en casa rara vez hablan por sí mismos. Quizá no tienen las palabras, les han dicho que guarden silencio o se sienten responsables de proteger a un progenitor/a. A veces, un niño/a necesita que alguien más dé el primer paso.
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Elige un momento tranquilo, alejado del resto. Hazlo simple y abierto. No estás ahí para investigar, sino para crear un entorno seguro para que el niño/a pueda hablar.
Evita preguntas que confronten. En lugar de eso, considera:
“Me he dado cuenta de que últimamente pareces preocupado/a. Estoy aquí si necesitas hablar”.
“No tienes por qué decirme nada, pero si algo de preocupa, me gustaría ayudarte”.
Si un/una menor de edad decide hablar, escucha. Déjale usar sus propias palabras. Mantén la calma, incluso si lo que cuenta es difícil de oír. No garantices confidencialidad; explica que puede ser necesario implicar a alguien que pueda ayudar, pero que siempre se tendría en cuenta su seguridad.
Si un/una menor de edad decide no hablar, no pasa nada. No presiones, pero hazle saber que sigues disponible. Algunos niños/as necesitan más tiempo, o varios momentos, antes de sentirse seguros para expresarse. Mientras tanto, sigue prestando atención. Y si dudas de que tu preocupación está justificada, valora comentarlo con un compañero o alguien de confianza. Puede que no seas la única persona que ha notado algo.
Ponlo en conocimiento de alguien que pueda ayudar. Si trabajas con menores de edad en un entorno profesional, esta persona puede ser un responsable de protección, el orientador escolar o un encargado de bienestar dentro de tu organización. Si eres un familiar, vecino u otra persona preocupada por la situación de un niño/a, contacta con los servicios correspondientes de tu país.
Compartir una preocupación no es hacer una acusación, sino asegurarse de que la situación de una persona menor de edad es valorada por alguien con la capacidad y experiencia para ayudar.
Los indicadores de reconocimiento y las orientaciones incluidos en esta campaña se han desarrollado a partir de evidencia científica y directrices nacionales, y han sido personalmente revisados por expertos en psicología infantil, pediatría, psicología forense y casos de personas desaparecidas en toda Europa. Agradecemos sus valiosas aportaciones y contribuciones.
Maria João M. Cosme
Clinical Psychologist at Instituto de Apoio à Criança, Portugal
Meltini Fragkioudaki
Psychologist & Project Officer at the Greek Safer Internet Center, FORTH, Greece
Prof. Fiona Gabbert
Professor of Applied Psychology & Director of the Forensic Psychology Unit, Goldsmiths, University of London, United Kingdom
Isabella Partridge
Policy and Public Affairs Officer at The Children’s Society, United Kingdom
Carlo Schippers
Former Missing Persons Expert at the Dutch National Police, Netherlands
Dr. Joana Topa
Assistant Professor & Researcher in Social Psychology, University of Maia / University of Porto, Portugal
Dr. Arine Vlieger
Pediatrician, St Antonius Hospital, Netherlands
Fuentes
Aviso sobre las imágenes
Se informa de que todas las imágenes de personas y situaciones incluidas en este sitio web han sido generadas mediante Inteligencia Artificial (IA). Cualquier parecido con personas, vivas o fallecidas, o con niños o acontecimientos concretos es puramente accidental y no intencionada. Estas imágenes se utilizan únicamente con fines ilustrativos y educativos, con el fin de facilitar la identificación de patrones de comportamiento y apoyar iniciativas de protección infantil.
AMBER Alert Europe, el Centro Europeo para Niños/as Desaparecidos/as, es una fundación paneuropea que agrupa a 85 organizaciones en 29 países con la misión de alcanzar cero menores de edad desaparecidos/as en Europa. Conectamos a fuerzas de seguridad y autoridades judiciales, ministerios del Interior, organizaciones de la sociedad civil, universidades y academias de policía para prevenir las desapariciones infantiles, mejorar la búsqueda de aquellos/as menores de edad que desaparecen y abordar las causas estructurales a través de investigación basada en evidencia y buenas prácticas.